Estuve estas Navidades dándome un paseíto por Bilbao, donde estudié la carrera, porque había quedado con mis antiguos compañeros de clase. Como me sobraba tiempo, aproveché para deambular a conciencia por la ciudad y por los sitios que frecuentábamos, lo que me provocó un puntito nostálgico que aún me dura. La crisis de los veintidiez sigue haciendo de las suyas, ¿qué será lo siguiente? ¿Ponerme a comprar los juguetes de cuando era pequeño?. Por lo menos no soy el único.

En fin, todo este rollo introductorio para deciros que de vez en cuando os castigaré con algún recuerdillo del pasado. Abro el fuego con la penkoporra.

Los primeros años de carrera los pasé en un Colegio Mayor, que estaba divido en pisos de veinte habitaciones, cada piso con su zona común, su tele, etc. De esa manera, lo natural era que uno se relacionase con sus veinte compañeros de piso.

Con estos veinte jugábamos dos veces al año la penkoporra, que no es otra cosa que intentar adivinar la suma de todos los suspensos que íbamos a tener entre todos. El proceso era el siguiente:

  • Se cuelga en la corchera de la sala común un dibujo de un termómetro en un papel cuadriculado. Se determina la apuesta. Qué serían… ¿500 pelas?.
  • Cada uno realiza un juicio sumarísimo de los compañeros y de uno mismo: Fulanito se ha tirado todo el trimestre jugando al futbito: Cuatro. Menganito no ha faltao ni un jueves en la Minera: Cinco. Raulito está estudiando un chollo de carrera: Una como mucho. El novato este es tonto, pero tonto tonto: seis. Nótese la inmensa crueldad de esta evaluación. Rodaban las cabezas de todos los títeres.
  • Cada vez que a uno le salía una nota, entraba en la sala, y con gran ceremonia, pintaba en el termómetro un grado más, y apuntaba al lado la que había caído. Jaime, TALF. Iñaki, Civil III. Xabi, Macro. Ale, Compis. Por ejemplo.
  • Al final, el que más cerca se quedaba, pues se llevaba el dinero y el odio de todos sus compañeros. Yo la gané un año, con cierta polémica, creo recordar.

Tocamos fondo el año que petamos la penkoporra; No sólo no acertó nadie, es que nadie se quedó cerca, y de hecho, reventó el termómetro, no nos cupieron todos los penkos en la lista del folio cuadriculado. Ese año, avergonzados, repartimos el dinero.

Bueno. Ya no os aburro más. Sólo me queda contaros la parte más alegre de todo… ¡mi sobrino ha introducido la penkoporra en su Residencia!. Qué bonito, trece años después, tal vez el gaudeamus igitur y el sapientia melior auro ya hayan desaparecido finalmente, pero sin embargo, ahí está la penkoporra, joven como el primer día, y manteniendo lo peor del espíritu universitario entre las nuevas generaciones…